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Haciendo frente al virus

Razón sentimental versus razón de Estado

Mientras yo tenga el bien sólo en la cabeza, sin realizar esta idea en mis acciones,
sin asumirla como principio de vida, no es una verdad en mí,
sino sólo una representación.
Ludwig Feuerbach

Difícil y extraña la situación en la que nos encontramos. Hemos asumido algunas medidas concretas de prevención básica para contener y derrotar la epidemia. Lo hemos hecho rápidamente y autónomamente, escuchando las indicaciones médicas. En esto, y sólo en esto, coincidimos con ciertas decisiones gubernamentales. Por los modos y los argumentos utilizados por las instituciones y por la prensa, por el proyecto, por las prioridades y por las perspectivas, somos más que nunca alternativos; es decir, distantes y contrarios a los poderes opresivos en todas sus articulaciones.

Un acto de humildad


¿Qué idea se hacen las personas (y nosotros entre ellas) de lo que acontece? La ciencia proporciona algunas coordenadas útiles, pero no puede darnos respuestas seguras, definitivas, resolutorias. En efecto,se debería reconocer que nunca será capaz de hacerlo porque somos parte de un todo, llamado por convención universo, que como especie humana no podemos llegar a conocer completamente, ni mucho menos dominar. Desgraciadamente, es evidente que los poderes bélico-industriales, movilizados desde siempre para masacrar, explotar, oprimir a mujeres, niños y hombres, pueden corromper, violar y destruir una parte de la naturaleza, tal como están haciendo con el mundo en el que habitamos. No es difícil deducir que la desestabilización artificial del hábitat natural tenga un nexo con patologías pandémicas y endémicas. Toda la población mundial está sacudida y amenazada, se siente expuesta, percibe su propia debilidad, está oprimida en diversos grados por el miedo a la enfermedad y a la muerte. Es una condición de extrema necesidad en la que es más que posible, indispensable, despertarse y defenderse, aprender a protegerse, redescubrir la fuerza de la humanidad, liberar el coraje del cuidado, de la curación. Se trata de los sentimientos y de las razones, de la obra y de las perspectivas de vida que encontramos en el presente, anhelamos para el futuro, aprendemos del pasado. Hoy, más que nunca, es necesario tener una visión de conjunto, y precisamente por esto es el caso de comenzar con una reflexión y con un acto de humildad. Somos una especie particular entre las demás. Podemos descubrir muchas cosas concernientes a lo viviente y tener también certezas importantes, pero siempre relativas y parciales: no tenemos ningún derecho a hacerlas pasar por verdades absolutas. Podemos cambiar el ambiente circundante e incluso a nosotros mismos, con respeto y paciencia, en un sentido positivo o, al contrario, con violencia y furia en un sentido destructivo. Somos una especie perfectible, por lo tanto, siempre imperfecta. Confusamente, paso a paso, nos damos cuenta de lo que sucede, pero no conocemos con precisión el origen y el desarrollo, ni mucho menos el remedio a un fenómeno nuevo y sorprendente, epidémico y letal, como el coronavirus. Al menos, tenemos algunos elementos suficientes para intentar hacerle frente y debemos saberlos pensar e interpretar. Además, consideramos que esta enfermedad mundial es, de alguna manera, fruto de alteraciones del sistema universal na- tural, de las cuales somos corresponsables como especie humana. Potencialidades humanas Es por tanto, el momento de interrogarnos sobre nuestras potencialidades, sin dejar de reconocer los límites, para movilizarlas y emplearlas de la mejor manera. Nuestra salud es una cuestión psico-física, de equilibrio dinámico constante entre cuerpo y mente, que se influencian recíprocamente y permanentemente. Somos, antes que nada, nosotros, con nuestras construcciones y representaciones mentales, los que activamos, reforzando o debilitando, desarrollando o reduciendo, las capacidades de la base biológica, corpórea, de nuestra existencia. La organización representativa es inseparable del organismo humano viviente. Un estado mental fuerte y eficaz ayuda a la condición física, así como ésta da sostén a un pensamiento benéfico.

Pensar el cuidar/se

¿Por qué es importante este sencillo enfoque? Porque está basado en algunos conocimientos esenciales que son ciertos, porque está reforzado por la experiencia, porque está al alcance de cualquiera que lo elija, porque es innovador y nos reserva sorpresas importantes. Al mismo tiempo, es ampliamente ignorado y contradicho, no casualmente. Los poderes opresivos nos preguntan (a su manera) “¿cómo estáis?” y nos sugieren o nos imponen “lo que hacer y cómo hacerlo”; no se preocupan en absoluto de estimular cómo sentir y pensar en nuestra salud física y mental. Lo cual hace más inciertos y fatigosos los resultados inmediatos de la lucha contra el virus; incluso más en general y a la larga, se revela escasamente útil, inútil o hasta dañino. Así también se explican las decisiones e informaciones contradictorias provenientes de “los de arriba”, que han contribuido a agravar el caos causado por la epidemia. La suya no es una invitación de conjunto, como nuestro “yo pienso en cuidar y en cuidarme”, sino la imposición contingente y puntual “yo me quedo en casa”. No se trata de infravalorar o de silenciar la prudencia, sino más bien de enmarcarla en una perspectiva de conjunto, común, de larga duración, no meramente individual y pasajera. ¿Por qué no lo hacen? En primer lugar, porque no se fían de la gente común y porque el único cuidado en el que creen está basado en el hacer coercitivo (más o menos explícito según los casos) y heterodirigido. Una lógica ésta que se apoya en las “leyes de la sabana”, es decir, en una dudosa herencia evolutiva que ignora totalmente las capacidades creativas y de crecimiento de las personas, de las relaciones, de las comunidades. Recurren al miedo en vez de al coraje, obligan a la huida al ámbito privado en lugar de estimular la reciprocidad atenta y benéfica, proponen, como de costumbre, “protecciones” extrañas y alienantes. Ahora, a pesar del valeroso esfuerzo de muchas/os mujeres y hombres del sistema sanitario que salvan muchas vidas –masacrado durante años por varios gobiernos–, este enfoque estatal no ha logrado en absoluto una responsabilidad generalizada y compartida, como se ha visto con los éxodos repentinos y absurdos desde una ciudad o una región a otra, o con comportamientos peligrosos en la vida cotidiana. Por otra parte, el simple e inerte “quedarse en casa”, a la larga no es seguramente una solución si no se aprenden reglas de vida sanas y solidarias; es más, puede generar malestares psicofísicos serios, además de incrementar los crímenes “familiares”, que golpean en primer lugar a mujeres y a niños.

Despertar las conciencias

Esta psicología amenazadora para uno mismo y para los demás, por desgracia está extendida entre muchas personas. Es el fruto amargo de un estado de sueño profundo de las conciencias. No observar el mundo interno propio, reconociendo el de los otros, ofusca la visión del mundo externo. No saberse interrogar a uno mismo y a quién está cerca nos predispone a aceptar cualquier mentira difundida por desconocidos, a menudo anónimos. La obsesión por el hacer reduce la dimensión propia del ser humano a un mero arrastrarse existencial. Sin embargo, hay personas que empiezan a reavivarse. “Las sardinas” (expresión popular contra el ultraderechista Salvini, de la Liga Norte, ndt) son un ejemplo nítido de esto. Personas que nos preguntan y que nos hablan, reaccionan ante la dificultad del momento intentando representarse la vida más plenamente, empezando a comprender el valor dirimente de elegirse y de elegir ser mejores junto con los demás. Actuar así se convierte en algo más coherente y atento, consciente y útil. Las decisiones que se toman cotidianamente se sitúan en el redescubrimiento de las propias capacidades electivas de conjunto. Éstas son señales del despertar de las conciencias, del redescubrimiento de una razón sentimental de nuestro ser en el mundo, que nos permite, nos ayuda, nos guía en el cuidarnos, pero aún más: ella misma es una cura milagrosa. Es esa razón sentimental del bien, que puede desafiar la razón de Estado dominante, causa de tantos males. Es esa razón sentimental que nos pertenece profundamente y que si reavivamos y direccionamos puede guiarnos, incluso en un momento de seria dificultad como éste, hacia la felicidad posible.

La política sin máscara

Mientras tanto, la razón de Estado sigue arreciando, cada vez más sorda e instrumental, contra sus súbditos, ávida y babeante respecto a sus turbios negocios, presuntuosa y fría frente a la humanidad doliente. Ahora empieza a filtrarse que la rápida y terrible difusión del coronavirus en Lombardía está ligada a la abundancia de las partículasfinas, fruto envenenado de un desarrollo industrial disparatado y de las concentraciones urbanas tóxicas, ¡que aún ahora se exaltan con increíble cinismo! Ha habido, por parte de empresarios, de gobernantes y de las administraciones, un descuido generalizado de las condiciones de seguridad de las trabajadoras y trabajadores, empezando por los de la sanidad. Hasta en las zonas más afectadas por la epidemia, como Lombardía y el área de Bérgamo en particular, todavía se duda en cerrar todas las instalaciones industriales no esenciales. Acumulación y superbeneficios, divinidades de estos señores, reclaman sacrificios por parte de quienes trabajan, hasta poner en riesgo sus vidas. La lentitud en la contención del peligro es fruto también de la codicia empresarial, que ha sido apoyada por todos los partidos estatales. En cualquier circunstancia, el sistema opresivo de poder busca controlar y manipular a la gran mayoría de las personas comunes, muchas de las cuales, como los inmigrantes y los “sin techo”, son excluidas de iure y de facto de los derechos de ciudadanía. La lógica negativa de los poderes opresivos culmina en un silogismo fatal: cuanto más prevalece más fracasa, y su fracaso la empuja a ensañarse y a enfurecerse más con la gente. Este nuevo test de stress, debido a la epidemia, es revelador. La decadencia que viven las democracias se agrava, el autoritarismo mal escondido de las untuosas declaraciones oficiales, se abre camino en la estrecha mentalidad predatoria de los gobernantes, ésta sí de “sabana”. Es oportuno recordar que en estos casos tiende a prevalecer el original, el modelo más verificado, que no es el fascismo o el estalinismo (cuyos rasgos o residuos también hacen su aparición), sino el dominio más longevo y orgánicamente opresivo que la humanidad ha conocido: el imperial. ¿Cuál es el imperio más duradero, fundamentado históricamente, con una “filosofía” de la guerra y de la comunidad forzada a sus espaldas, capaz incluso de adaptarse preservándose? China, que a través de milenarios cambios dinásticos y de régimen ha mantenido, sin embargo, un cierto tipo de estructura y de control burocráticos sobre varias etnias encerradas en un territorio protegido. Un imperio capaz de una violencia extrema e implacable dentro de sus fronteras –recordemos Tien an Men–, pero atento durante las últimas décadas a no dejarse implicar por conflictos internacionales. Un imperio que crece en cuanto a su potencia industrial y tecnológica, sometiendo a sus súbditos a los más agrios sacrificios, a una explotación y a una contaminación monstruosas, privándoles de las libertades burguesas formales, pero prometiendo “seguridad”, como parece haber garantizado, aunque no sin grandes retrasos y silencios culpables, frente a la epidemia. La influencia china está destinada a crecer en el mundo, pero no sólo económicamente sino, sobre todo, ideológicamente, directa o indirectamente. Es o será vista como una alternativa o un correctivo a las democracias decrépitas. Ya es así en Corea del Sur, en donde la democracia, en la emergencia médica, ha sido entendida ya al estilo “gran hermano”, con videocámaras en las casas de todos los enfermos. O bien, en la “civilizadísima” Gran Bretaña, en donde un asesino en serie vaga por Downing Street. Antes de arrepentirse, estaba siguiendo los pasos de algunos de sus compatriotas de bata blanca, que desde hace tiempo ponen en marcha un protocolo de “eutanasia” programada contra las personas ancianas e, incluso, una “directriz del Royal College of Paediatrics and Child Health (…) que consiente expresamente que los tratamientos para el mantenimiento de la vida se nieguen a los niños si su «cualidad de vida» es considerada insuficiente” (véase, il Foglio, de 17 de marzo de 20201 ). Por no hablar de las locuras de Trump, que se mueven entre los muros, la liquidación del “Obamacare” y las actitudes en público de invitación a la imprudencia con respecto al virus, para después dar un drástico giro. Pensemos también en Macron que, al inicio, ha asistido y ha avalado los insensatos paseos y besuqueos jacobinos libertinos por las riveras del Sena de una pequeña burguesía parisina frustrada, para, tardíamente, dar un cambio, sugerido por las… Bolsas. Los gobiernos, es decir, sus comités de negocios o consejos de administración, dudan y toman decisiones, mienten y desmienten, amenazan y reprimen, tranquilizan y aterrorizan, alardean y perjuran. Ahora son ya la única expresión de la política. En efecto, los partidos han desaparecido, si se exceptúa el mensaje de L. Zingareti (representante político italiano del Partido Democrático, ndt) sobre su “resultado positivo” al virus y cualquier invocación histérica al servicio militar obligatorio del siniestro Salvini. ¿Dónde han terminado los grupos y las organizaciones de izquierda? Ponen de manifiesto algunas denuncias sacrosantas de fechorías gubernativas, planteando a veces reivindicaciones al Estado, descuidando o ignorando la situación humana de conjunto que se va determinando; o bien, se da el caso del periódico Lotta Comunista2 (en su número de febrero de 2020), que dedica un artículo titulado “Virus de la superstición”, definido como “bribona especulación electoralista”, confirmando de ese modo, además de un cierto cinismo, el pasaje de su marxismo de ciencia a ciencia ficción. La única y loable excepción, que conozcamos, está representada por la reflexión de conjunto sobre la epidemia y por las acciones solidarias para afrontarla, puestas en marcha por los Centros Sociales del noroeste de Italia. Las actitudes prevalecientes en la izquierda forman buena pareja y agravan el indecible sectarismo o la altanería demostrada por todos estos reagrupamientos hacia “las sardinas” y la sencilla radicalidad de su mensaje. Por desgracia, se trata del trágico final de una larga parábola de quienes han seguido creyendo en el rescate político o en la posibilidad de una nueva política. Por desgracia, no es así: la política, incluso la democrática en todos sus matices, incluida la que se proclama revolucionaria y/o comunista, es un asunto de Estado. En cuanto tal, hunde sus raíces en la utilización de la violencia y en la predisposición y la preparación a la guerra (hasta contra el virus han declarado la guerra, no dándose cuenta de la paradoja). Cualquier práctica política comporta alejarse de la humanidad y de sus rasgos esenciales, no comprender o desinteresarse de la centralidad del mundo interno. Al final, la política, toda la política, regresa a sus primeros orígenes. Detrás de la máscara, desvela sus orígenes y vocación bélicos, coercitivos y represivos perennes. La prueba no sólo está en los conflictos armados, sino en la permanente ofensiva contra las mujeres, en el racismo popular y estatal, en los intentos biopolíticos y tecnológicos de control y de perversión de la comunicación y de las elecciones humanas; y en el hecho de que todo sujeto político busca, invariablemente, prevalecer sobre los adversarios de turno a través del atropello, del engaño, del enfrentamiento. La razón racionalizadora de los poderosos opresores, en sus diferencias, que se van difuminando, se ha convertido para todos en la tragedia de la irracionalidad humana. Se desarrolla en todos los sitios como incomprensión de la especie, comenzando por la remoción del género femenino que la crea, cuida y atiende a su crecimiento.

 

Una encrucijada existencial

En la urgencia del momento y más allá de este, advertimos que estamos frente a una encrucijada. Es prioritario contener y derrotar la epidemia, pero mientras lo intentamos, el conjunto de nuestras predisposiciones íntimas es puesto a prueba; al mismo tiempo, lo están también los órdenes prácticos de la existencia y nos interrogamos sobre el después. Miremos las diversas direcciones posibles. Está el camino del ˝nada será como antes”, replanteado por periodistas y políticos pobres en imaginación; una receta ésta de apariencia insignificante, pero de efectos fatalistas y, por tanto, mortificadora de nuestras capacidades electivas. Está, solicitadísimo, el mantra que predica “la vuelta a la normalidad”. Pero ¿qué normalidad? ¿Cuándo comenzaremos a comprender que su normalidad no existe? No es humanamente normal la guerra permanente, la violencia contra las mujeres y los niños, la ferocidad xenófoba y racista, la sociedad cada vez más masificada y obsesiva, extraña a sí misma y peligrosa. Entonces, está la esperanza virtual: eso, refugiémonos en la red, intoxiquémonos de noticias falsas o distorsionadas, proporcionemos nuestros datos personales y transformémoslos en una mercancía, inventémonos relaciones efímeras y engañosas, comprometamos nuestras capacidades cognitivas, dejemos de fatigarnos en pensar con nuestra cabeza y nuestros ritmos, confiándonos a los aparatos electrónicos; pero después no nos lamentemos al descubrirnos más pobres y débiles humanamente… Está el grito de la rebelión, la conflictividad permanente al estilo “chalecos amarillos”, que promete alguna descarga de adrenalina y produce un crecimiento exponencial de frustración e impotencia para pensar en positivo. Viceversa, está el refugio aún mayor en el ámbito privado; es decir, seguir en la condición de cautividad que forzosamente estamos experimentando en estos días. Está la acostumbrada formulita que recita “la vida continua” y que, por tanto, propone resignación y sumisión a la espera de que otros virus y guerras auténticas de diverso tipo, orden y grado nos alcancen. O bien, está la posibilidad y el derecho, hasta la necesidad, de inventarnos otra vida, nuestra vida, más digna de ser vivida y disfrutada incluso afrontando sus dificultades. Esta posibilidad se puede concretar si se escapa de la tempestad emocional que ya arreciaba antes y que ahora se ha agravado y corre el riesgo de cristalizarse, convirtiéndose en endémica: muchos son víctimas de ésta. Tratemos de reflexionar sin detenernos en las primeras impresiones, retomemos el control de nuestros fantásticos recursos mentales. Porque si no, lasfacultades, maltratadas ya, se nublan. La inteligencia chirría como un mecanismo oxidado o se paraliza por el miedo, en vez de elaborar nítidamente las intuiciones, advirtiéndonos de las posibilidades y de los peligros. La memoria se detiene en lo inmediato, o bien evoca tragedias pasadas, en vez de recorrer los pasos de nuestra andadura y recordar los grandes desafíos ganados por la humanidad y por cada una/o de nosotras/os, incluso en los momentos más tristes y a pesar de patrones y de gobernantes. La creatividad se limita a abrir una ventana y a cantar una pésima canción que, desafiando el conjuro, dice que “siam pronti alla morte” (“estamos listos para morir”, ndt) 3 , en vez de liberar nuestras intenciones teoréticas y afectivas para preparar el contraataque y planificar lo mucho que estamos listos para la vida. La razón se envuelve dentro del cálculo de las probabilidades y del tiempo que tardará en acabar la epidemia, sin tener evidencias de ello, en vez de buscar y examinar los datos fundamentales y de ensamblarlos con cautela, evaluando las líneas de tendencia y las posibilidades reales. El sentimiento, precipitado a menudo en odio o, de alguna manera, empequeñecido dentro de la pura dimensión emocional, se convierte en pánico en vez de elevarse por fin para dar un sentido al amor por la humanidad y a la vida misma, reencontrándose de esa manera en el amor de los amores, de los amigos y de nosotros mismos. Es decir, hallar el coraje. Hallarlo ya. Porque quien ama la vida toda, en todas sus manifestaciones, puede encontrar el coraje necesario de sí y de los demás y el camino justo en esta encrucijada.

Redescubriéndonos más y mejor humanos

Muchos, cautivados por la muy humana, pero no reflexionada, necesidad de volver a casa o de encontrarse, se han ido de viaje o vagan por las ciudades, poniéndose en peligro ellos mismos y a sus propios seres queridos. Comprensible, pero inaceptable. Una cosa son las salidas individuales indispensables por necesidades esenciales, otra los desplazamientos multitudinarios a zonas de vacaciones y las correrías en grupo. Reafirmémoslo: es necesario convencerse y convencer a las personas de poner la máxima atención en los comportamientos, criticando actitudes de irresponsabilidad social y relacional que, por desgracia, son expresión de la crisis de razón sentimental así como de la descomposición creciente de las sociedades estatales. Al mismo tiempo, rechazamos y condenamos los excesos represivos o intimidatorios por parte de las instituciones hacia la gente común. Sabemos que ciertos movimientos autoritarios pueden arraigar fácilmente en un contexto de fragilidad o de degrado conciencial acentuado, como el italiano. Además, la hostilidad gratuita o el ensañamiento legalista con respecto a personas en movimiento, evidentemente por necesidad, sin que constituyan un peligro, no ayuda en absoluto al compromiso colectivo contra el virus y corre el riesgo de fomentar crisis de nervios masivas. Es una señal confortante que muchos demuestren asumir y practicar un principio de responsabilidad, que brota de una positiva sacudida altruista, que puede crecer y radicalizarse en términos afectivos y morales. Nos referimos a un número creciente de mujeres y de hombres de todas las edades, de diversa extracción y ubicación social, que nos restituyen y que comprenden este espíritu. De ellos recibimos un impulso más para desarrollar, precisar y hacer más coherente nuestro compromiso humanista socialista, y a ellos se lo ofrecemos. La obra fundamental de convencimiento, de escucha y de acompañamiento que estamos llevando a cabo, apunta hacia una actividad del espíritu y no a la pura pasividad. Cuidarse y cuidar implica seguramente prudencia, cautela, respeto y explicación de las reglas conocidas, pero esto es sólo el inicio. Necesitamos una movilización fuerte, convencida y constante de nuestras mejores energías esenciales En el momento más oscuro de la decadencia pueden brillar la luz de modos diversos de concebir y llevar a cabo la vida. Es tiempo de redescubrir y elaborar las intenciones concretas que nos animan. En primer lugar, la capacidad de representar la vida globalmente, de imaginarla, planificarla, anhelarla. Capacidad ésta que alberga en profundidad en cada una/o de nosotros, pero que a menudo no nos pertenece porque se la confiamos o se la cedemos en alquiler a instituciones lejanas y frías. Y sin embargo, sentimos su calor y su potencia en los sentimientos que surgen en nosotros hacia otras personas, hacia el resto de la humanidad, hacia las demás especies, hacia toda la naturaleza, y es precisamente de esto de lo que podemos y deberíamos hacer teoría y cultura. Podemos intuir su importancia crucial, precisamente ahora que hacemos frente a la amenaza viral, como salvaguarda, como posibilidad de crecimiento y de cambio. Está presente en nosotros y depende de cada una/o de nosotros interpretar el crecimiento, el amor, la creación vital a la que estamos predispuestos y que sentimos apremiar en nosotros, quizás todavía incomprendida. Depende de nosotros juntos: sintiéndonos, encontrándonos (con seguridad, por supuesto), escuchándonos, consultándonos, reencontrándonos aunque sea a distancia. De esa manera nos daremos cuenta de la extraordinaria similitud que percibimos en las relaciones y en las colectividades elegidas, así como de la no menos asombrosa diversidad de la que somos protagonistas en cada pasaje de nuestra subjetividad. Descubriremos de ese modo cuánto tendemos a la vida de manera irrefrenable, pero debemos aprender a hacerlo, y hasta la amenazadora tragedia nos estimula en este sentido. Especialmente ahora es más posible por fin aprender a reconocer y elegir el bien y el mal. La actualidad de los valores morales y éticos, por reconquistar y por fundar de nuevo, por encarnar y experimentar, es irrenunciable. Dentro y fuera de nosotros advertimos en qué medida concierne a la proximidad o a la distancia con las y los demás a todos los niveles, desde el más sencillo al más complejo. Por tanto, las protagonistas y los protagonistas de una renaciente y apasionada razón sentimental, pueden manifestarse y reunirse como sujetos a todos los niveles. Personas que son, representan y actúan en relación y juntas. Lo experimentamos concretamente en los intercambios interpersonales con muchas amigas y amigos, en los equipos de La Comune, en la Escuela Internacional, en la distribución del periódico, en la investigación teorética. Lo verificamos de manera particular en la campaña de autofinanciación, que incluso en estos días tan complicados sigue desarrollándose, demostrando la cualidad y la coherencia de nuestras/os compañeras/os y el valor y la generosidad de muchas y muchos que nos donan dinero, pero sobre todo convicción y decisión por nuestra obra totalmente independiente. Entrevemos y catamos el sentido de poder ser más y mejor humanos dedicándonos a las y los demás. El proyecto y el programa, la idea ambiciosa y la práctica modesta y concreta de esa comunión libre y alternativa, de la que extraemos nuestro origen y tomamos el nombre, aparecen cada vez más actuales, concretos, verdaderos, útiles, libres, benéficos, bellos y posibles.

23 de marzo de 2020
Dario Renzi
(Los elementos fundamentales de este texto han sido presentados y discutidos en la Dirección Teórico Metodológica de la Corriente Humanista Socialista).

1 il Foglio es un periódico italiano de tendencia liberal.
2 Lotta Comunista es un partido político extraparlamentario italiano
3 Extracto del himno de Italia, “Fratelli d’Italia”, conocido también como el himno de Mameli, que fue el compositor de su letra.

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