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Contra el virus - Más conciencia, ninguna prepotencia


Todas y todos estamos preocupados por la difusión mundial y local del coronavirus. Todas y todos somos interpelados: somos víctimas potenciales pero antes que nada protagonistas de (auto) cuidado y cautela.
Los titubeos y bandazos que hasta ahora ha expresado el gobierno no han ayudado, así como no han ayudado las miles de voces de los medios de comunicación que han sido, a menudo, contradictorias y ansiosas, inexactas e incomprensibles, a veces francamente desconcertantes por su imprecisión u opacidad. Aceptamos con la debida ponderación las recientes decisiones asumidas por el gobierno a propósito de una conducta responsable en la vida diaria.
Es lo que, en nuestros ámbitos, ya habíamos sugerido a nuestras/os compañeras/as y amigas/os.
No vamos a omitir, sin embargo, las perplejidades o discrepancias que suscitan otras medidas adoptadas, la propaganda que de ellas se hace, y las maneras con las que pueden ser aplicadas, sin olvidar además los daños que los gobiernos han causado a la sanidad pública. Pensamos y actuamos en los intereses de la gente común, con el fin de que se una en la defensa de la salud de todos y cada uno en una lógica solidaria, conscientemente asumida, compartida y verificada. No aceptamos diktat o lecciones de “unión sagrada” por parte de todas las fuerzas políticas que diariamente se pelean y se enfrentan para obtener sus propias ventajas, ignorando o instrumentalizando las exigencias de las personas comunes. No podemos aceptar que una vez más se dispensen inmensas sumas de dinero para apoyar a empresarios y patronos en lugar, antes que nada, de dispensarlas a quienes trabajan. Peor aún: a las trabajadoras y a los trabajadores no se les garantizan condiciones mínimas de seguridad sanitaria mientras desempeñan sus funciones ni se toma seriamente en consideración la necesidad de una interrupción temporal de la producción en las zonas más afectadas, salvaguardando la integridad del sueldo de las trabajadoras y de los trabajadores. Manifestamos por tanto nuestro pleno apoyo a las protestas, las movilizaciones y las huelgas que se están desarrollando en varias partes del país con estas reivindicaciones.
Nos preguntamos, por otro lado, sobre los criterios con los cuales pueden ser concebidas y puestas en marcha determinadas decisiones sobre el comportamiento cotidiano. En el decreto se escribe con intencionada ambigüedad que “se desaconseja” salir de casa, porque impedirlo supondría violar la Constitución y el estado de derecho. Tenemos, sin embargo, la fundada sospecha y ya alguna señal para creer que a la hora de aplicar las nuevas normas puedan ocasionarse actitudes represivas y prepotentes, ya sea por posibles disposiciones “informales” desde arriba ya sea por muy poco loables iniciativas “espontaneas” por parte de quienes deberían garantizar el orden. Pensemos en lo que está pasando en las cárceles en perjuicio de muchos presos.
No es una casualidad que todas las derechas, desde la Liga de Salvini a Forza Italia de Berlusconi o Fratelli d’Italia, sigan proponiendo recrudecer las medidas decididas: y el gobierno italiano sigue sus consejos. Después de haber permitido durante largas semanas un éxodo irresponsable desde las zonas más afectadas, y dentro de ellas, ahora se culpabiliza a la señora que pasea a su perro o se dirigen con actitud amenazadora a quienes salen a hacer la compra. Por no hablar de lo que se les puede caer encima a las hermanas y a los hermanos inmigrantes. Si se sigue así se puede abrir una peligrosa deriva tendente a agravar la represión hacia los más débiles, a hacer cada vez más verticalista y autoritaria esta democracia decadente. Una deriva que hay que denunciar y contrarrestar por parte de todas las fuerzas interesadas en el bienestar común: desde las asociaciones de inmigrantes a las agregaciones solidarias, desde el voluntariado a las organizaciones sindicales, desde las izquierdas políticas a quienes simplemente quieren preservar un residuo de democracia.
Esta manera de gestionar la crisis no es necesariamente la más eficaz, sino más bien lo contrario. La comunión respetuosa, atenta y curativa entre las personas no implica una aniquilación de las conciencias, alimentada quizás por la trampa hobbesiana del “miedo como recurso evolutivo”, que lleva a pensar de manera incorrecta en la salud propia y en la de los otros. Caer en el pánico no es menos peligroso que subestimar la amenaza real: en ambos casos se condicionan o se reducen nuestras capacidades cognitivas, reflexivas e intuitivas, preventivas, reactivas y proactivas. Es natural que inmediatamente vivamos todas y todos cierta desorientación ante una situación nueva. Con más razón es necesario encontrar un orden mental adecuado a la necesidad y del cual puede derivarse una actitud práctica consecuente y responsable. Debemos escuchar y ayudar a médicos y personal sanitario -que están desempañando una actividad fundamental, valiosa y generosa- así como a las personas más cercanas a nosotros. Para todo esto las conciencias necesitan ser sacudidas, estar vigilantes y activas y no adormecidas como quisieran desde arriba.
La propia campaña lanzada por los poderes opresivos con la consigna “yo me quedo en casa”, si bien partiendo de una exigencia real, supone riesgos de vario tipo, no solo psicológicos, además de contener una buena dosis de cinismo. Cómo definir si no el hecho de que mientras tanto obligan a muchísimas personas a salir de casa para ir a trabajar sin ofrecer por ahora, como hemos dicho, ninguna garantía. Tomar al pié de la letra esta invitación puede conllevar numerosas contraindicaciones. Empezando por el peligro del aislamiento y las fobias y tendencias depresivas que se pueden ocasionar, continuando con la privación de la necesaria actividad física que cada uno y cada una debería realizar, ahora con más prudencia, por su propia salud, como todo buen médico siempre nos recuerda. Por otro lado, es útil, justo y benéfico salir de casa para ayudar a cualquiera que lo necesite. Entonces, manteniendo un elevado nivel de atención y respetando rigurosamente todas las actitudes preventivas indicadas por las autoridades sanitarias, salgamos cuando es útil y necesario.
Para ser consecuentes y coherentes con estas medidas es necesaria una actividad consciente, recíproca y respetuosa y no la pasividad mecánica, solitaria, individualista y arrogante. El sentido de sí y del ser/estar juntos y la relacionalidad son más que nunca fundamentales. Se necesita hablar y hablar de esto, por teléfono si no es posible en persona, de todos modos en condiciones de seguridad, con familiares, personas queridas, amigas y amigos, compañeras y compañeros, conocidos; hablar de cómo estamos y nos sentimos física, mental y psicológicamente porque de esta manera activamos nuestras capacidades y nuestra atención. Además podemos explicar, si procede, los síntomas a nuestros médicos. Se necesita, en definitiva, un compromiso especial y renovado, una concentración psico-física particular y nueva, un re-descubrimiento delicado e intenso de la subjetividad compleja de la que somos parte constitutiva. Es lo que nosotros nos y os proponemos e intentamos practicar. Por el contrario, quienes gobiernan este país el único compromiso que quieren y que respetan es aquel sometido a los patronos y a sus intereses, así como las únicas movilizaciones (actualmente prohibidas) que les gustan y que fomentan son las de estadios de deportes y el ocio de masa por las ganancias económicas y la intoxicación social que de ellas se derivan.
Desarrollar hoy un pensamiento contra el virus significa movilizar las mentes y los cuerpos afectivamente, reconquistar una idea más profunda, íntegra, del amor por la vida en todas sus formas, por la tierra, por la especie y en primer lugar por las personas que amamos justo en este momento, esperemos que sea breve, en el que no podemos acariciarlas. Superar la emergencia, recuperarse, podrá significar de esta manera haber mejorado juntos como mujeres y hombres que reflexionan y sienten más profundamente la felicidad posible.

Corriente Humanista Socialista
La Comune
13 marzo 2020

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